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Tarantino,
Osvaldo
Pianista,
director y compositor.
Nació el 6 de Junio de 1927 en la Capital Federal.
Debutó con Ernesto Fama y participó de las orquestas de Alfredo
Gobbi, Roberto Caló y Juan Canaro. Trabajó
también con Nestor Marconi y Angel Ridolfi. Compuso
las obras: "Suite tanguera", "A la ciudad perdida",
"El hombrecito blanco" y otros. Falleció
en el año 1973.
Tirao,
Cacho
Guitarrista
Nació en el año 1941 en Berazategui, provincia de Buenos Aires.
Estudió guitarra con su padre y también incursionó por el clarinete
y el saxofón.
Participó en diversos grupos.
Más tarde estuvo en la operita "María de Buenos Aires"
de Astor Piazzolla.
Formó parte del Quinteto Nuevo Tango.
En 1972 grabó como solista.
Troilo,
Aníbal
Aníbal Troilo presentó su primera orquesta, en la radio
El Mundo, el 1º de julio de 1937. Orlando Goñi era su
pianista; Reynaldo Nichele, su primer violín; Francisco
Fiorentino, su cantor. Para entonces, ya se tenía todo
el tango: el tango baile, el tango canto y el tango música.
No quedaba sino desarrollarlo en esas direcciones. En
las décadas de 1920 y 1930 había avanzado por las tres.
El baile había generado una multitud de orquestas; el
canto había encontrado su expresión más alta en Carlos
Gardel e Ignacio Corsini, en Azucena Maizani y Mercedes
Simone. La música, en cambio, se había desviado hacia
un sinfonismo híbrido que habría de culminar con el espectáculo
ofrecido por Julio De Caro, el 22 de noviembre de 1936,
en el teatro Opera. El baile, que había competido con
las novedades del charleston y el shimmy, competía entonces
con el jazz; el canto, a su vez competía con los boleros,
introducidos por una ilustre legión de tenores mejicanos
- Alfonso Ortiz Tirado, Juan Arvizu, Pedro Vargas -; el
tango música buscaba su camino en los nuevos tangos de
Cobián, que acababa de estrenar Nostalgias y Niebla del
Riachuelo.
Sin embargo, muerto Gardel, los cantores
y las cancionistas del tango parecen comenzar su decadencia.
Los grandes poetas del tango han dado ya lo mejor de sí.
La gente prefiere bailar danzas derivadas del jazz. Se
dice que el tango va a morir (en realidad, desde el año
1900 por lo menos se venía diciendo que el tango estaba
ya moribundo). En 1936 el futuro del tango es incierto,
y es entonces cuando Pablo Osvaldo Valle saca a D'Arienzo
del Chantecler y lo lleva a la radio El Mundo. D'Arienzo
resucita el interés por el tango y hace posible el renacimiento
de la década de 1940.
En ese renacimiento - en el que brillan
los nombres de Di Sarli, de Pugliese, de Gobbi, de Tanturi,
de D'Agostino, de Demare, de Salgán, de Troilo- confluyen
las tres vertientes tangueras. Son las de entonces orquestas
para bailar, porque D'Arienzo ha demostrado que el tango
todavía puede bailarse. Pero del tango canto ha quedado
la acrecida importancia asignada a los cantores, que ya
dejan de ser meros estribillistas para afrontar la letra
íntegra. Y del tango música ha quedado el arreglo. La
orquesta de Cobián no tenía arregladores: el director
daba a los músicos los lineamientos generales de lo que
quería y ellos, intérpretes excelentes, improvisaban sobre
la marcha. El arreglo propiamente dicho había comenzado
con la orquesta de De Caro. Las orquestas de la década
de 1940 dieron una gran importancia al arreglo y apareció
entonces la profesión de arreglador. Y bien, en el contexto
de 1940, con orquestas bailables que asignan gran importancia
al canto y confían a los arregladores la tarea de convertir
al tango en música, hay que ubicar a Aníbal Troilo.
Aníbal Troilo es sin duda, el más ilustre
representante del renacimiento de 1940 y en él encuentran
las tres vertientes tangueras el estuario al que confluyen.
Troilo hizo la síntesis del tango baile, del tango canto
y del tango música. Bien se sabe que conquistó sus mayores
éxitos en lugares de baile, y que fue en lugares de baile
donde reclutó sus más consecuentes seguidores. Bien se
sabe que de su orquesta surgieron algunos de los mayores
cantores que el tango a tenido en todos los tiempos (Francisco
Fiorentino, Alberto Marino, Roberto Goyeneche, Edmundo
Rivero). Compuso con Cadícamo, con Cátulo Castillo, con
Manzi, canciones inolvidables. Su preocupación porque
su tango sonara a música lo llevó a servirse del más brillante
instrumentador de su tiempo: Argentino Galván, con quien
hizo Recuerdos de Bohemia de Delfino, Sur, la Milonga
Triste de Piana y las selecciones de Arolas, Bardi, De
Caro, Canaro y Cobián.
Aníbal Troilo poseía carisma, magnetismo, arrastre. Constituiría
una puerilidad imperdonable la de ponerse a discurrir
sobre si Troilo fue el mayor bandoneonista de su tiempo,
si su técnica fue la más depurada, si obtuvo del instrumento
todo lo que el instrumento puede dar. Sería pueril discurrir
sobre eso, cuando se sabe bien que el sonido que Troilo
obtuvo de su fueye no lo ha obtenido nadie; cuando se
sabe que su sonido tenía la virtud del encantador de serpientes.
El tenía su propia fórmula, que no era la de Maffia, ni
la de Marcucci, pero nadie piensa en la fórmula del licor,
sino en la índole de la embriaguez que el licor produce.
Troilo era el tango mismo. Por gravitación de su personalidad,
por carisma, Troilo resumió en si mismo al tango, fue
su síntesis.El 19 de mayo de 1975 murió Aníbal Troilo.
Los periódicos anunciaron su muerte con grandes titulares
y profusión de grabados. Ese derroche periodístico, las
largas peroratas radiofónicas, las declaraciones en las
que todo el mundo repetía las mismas cosas porque todos
sentían las mismas cosas, la oficialización de las exequias,
no trataban de excitar la emoción popular; la expresaban.
La muerte de Troilo no había sido como la de Gardel, se
sabía que estaba enfermo, pero no por eso la tristeza
popular, la enorme tristeza popular fue menor.
Aníbal Troilo fue una necesidad del tango. Tal vez el
tango, apagados ya los fuegos del cuarenta, estuviera
necesitando un poco de amor y un poco de comprensión.
Troilo le acarreó ese amor, porque Troilo fue una de esas
personas que no se puede tratar sin quererlas, y por el
cariño a Troilo muchos habrán amado también al tango.
No es posible saber si el tango peleará su sobreviviencia
en el terreno de la admiración, en el del respeto o en
el del cariño.
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