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Lavié,
Raúl
Cantor
y actor
Nació en 1937 en Rosario, provincia de Santa Fé. Allí inició su
carrera artística en las orquestas de Julio Conti y Luis Chera.
Debutó
en radio en el año 1955 en la emisora "El Mundo" en
compañía de Victor Buchino.
Luego comienza su carrera como solista y en 1959 forma una
orquesta junto a Héctor Stamponi.
En la década del 60 participó del popularísimo programa
"Club del Clan" junto con otras figuras como Violeta
Rivas y Chico Novarro.
Entre sus grabaciones más notorias mencionnaremos: "Balada
para mi muerte", "La última grela" y "Chiquilín
de bachín" (todas en conjunto a Piazzolla);"Mañana zarpa
un barco", "Rubí", "Nunca tuvo novio"
y un excelente versión de "Adios Nonino", con letra
de Eladia Blazquez.
Como actor tuvo una gran trayectoria tanto en cine como en televisión.
Grabó varias placas no sólo de tango sino también de música internacional.
Se ha presentado en numerosos espectáculos de éxito, como la temporada
de la pieza teatral "Gotán" junto a Susana Rinaldi.
Le
Pera, Alfredo
Le
Pera nace en Brasil, pero a los dos meses de edad sus padres se
radican en Buenos Aires, donde estudió e hizo su carrera periodística.
Fue crítico teatral de los diarios "Ultima Hora", "El Telégrafo"
y "El Mundo". Luego se vinculó a empresas cinematográficas y trabajó
como autor de leyendas sobreimpresas de algunas películas francesas.
En eso estaba trabajando en París cuando la Paramount pensó que
convenía ponerlo junto a Gardel. Para entonces Le Pera sólo había
escrito algún tanguito de mala muerte y había colaborado con Discépolo
en Carrilón de la Merced, aunque su colaboración tal vez se haya
reducido a colocar la tilde sobre la letra o el título. De su
vinculación con Gardel surgió, sin embargo, uno de los letristas
de tango más inteligentes. Su misión fue la de escribir en una
suerte de español básico que pudiera ser entendido por igual en
Puerto Rico y en La Boca, en Medellín y en Sevilla. El mérito
de Le Pera consiste en haber escogido palabras, giros y metáforas
que no violaban la asepsia lingüística impuesta por la índole
del negocio y, sin embargo, tenía sabor a tango. Olvidémonos de
Melodía de arrabal donde todavía hay algún lunfardismo. Veamos
las canciones escritas para las películas neoyorquinas, que son
aquellas en las que Gardel, ya definitivamente convertido en astro
hispanohablante, no puede permitirse utilizar términos de difícil
comprensión. Le Pera no los emplea; pero le basta utilizar expresiones
como cuesta abajo en mi rodada, rinconcito arrabalero con el toldo
de estrellas de tus patios que quiero; hoy hay en mi huella solo
llanto y dolor o como las yerbas malas son duras de arrancar.
Y tuvo también el buen tino de contrabandear algún lunfardismo
esporádico, pensando que, de todos modos, el mercado argentino
seguiría siendo el más importante para Gardel. Así, por ejemplo,
en Golondrinas hace cantar: Criollita de mi pueblo, pebeta de
mi barrio.
Le Pera no era un letrista profesional. Era
apenas un muchacho inteligente y culto; exactamente lo que necesitaba
Gardel o, mejor dicho, lo que necesitaban los productores. Tenía
la imaginación necesaria para urdir los argumentos de las películas;
la ductilidad para escribir los diálogos; el oficio poético para
crear las letras de las canciones con que entonces era costumbre
interrumpir la acción de los filmes musicales. Tenía también un
gran sentido del espectáculo para escribir lo que el público esperaba
y no su propia obra literaria. Y a todo ello sumó Le Pera un gran
decoro profesional, un buen gusto instintivo y, sobre todo, una
modestia intelectual que lo llevó a ponerse al servicio de Gardel
y no a utilizar a Gardel para crearse él mismo un prestigio literario.
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