Federico, Leopoldo

Bandoneonista, director, compositor y arreglador.
Nació el 12 de Enero de 1927 en el barrio de Once. Su formación musical estuvo a cargo de Félix Lipesker y Francisco Requena. Con 17 años  inicia su carrera en la orquesta de Adamo-Flores en el Tabaris. Su talento era innato y al poco tiempo ya era requerido por las principales orquestas, por lo que en los años siguientes trabajó con Juan Carlos Cobián,  Alfredo Gobbi,  Alberto Marino y Emilio Balcarce, Osvaldo Manzi, Héctor Stamponi, Miguel Caló, Lucio Demare,  Mariano Mores, Carlos Di Sarli y Astor Piazzolla. Después de toda esta trayectoria forma su propia orquesta en el año 1953 con el pianista Atilio Stampone. Posteriormente se integró como figura al grupo que dirigía Héctor María Artola en Radio El Mundo, y fue solista en la orquesta de Stampone y en el Octeto Buenos Aires de Piazzolla, al mismo tiempo que integraba la orquesta de Carlos García. A finales de los cincuenta realiza una gira por América Central con Mariano Mores y al regresar forma una orquesta en la que se destacó el cantor Julio Sosa hasta su trágica muerte en 1964.
Posteriormente estuvo cinco años con Osvaldo Berlingieri con quien grabó dos albumes. En 1970 realizó unos registros a cuatro bandoneones con Piazzolla, Antonio Rios y Rodolfo Mederos. En 1976  realiza una gira con su orquesta por Japón. Como compositor  ha dejado obras como "Lo que no me hablaron de vos", "Que me juzgue Dios", "Cabulero", "Tango al cielo", "Cautivante", "Calentísima", y el vals "Distancia".

Filiberto, Juan de Dios

    Resultan interesantes algunos apuntes manuscritos que dejó Juan de Dios Filiberto sobre la historia del tango en La Boca. Los salvó del olvido Antonio J. Bucich, el máximo historiador de ese barrio, en el hermoso trabajo que consagró al autor de Caminito. En sus apuntes recuerda el músico que en 1875 la milonga se cantaba en La Boca con guitarra y clarinete.Una copla milonguera era ésta: "Sacá la cadera / sacá el espinazo, / decile a tu madre / que te corte el brazo."

    Parece ingenua pero no lo sería tanto. Sacar la cadera y el espinazo eran cosas de la coreografía milonguera, y en cuanto al brazo, sus travesuras andaría haciendo. . . Filiberto no pudo registrar en sus apuntes recuerdos personales. Era su padre quien realmente sabía de esas cosas. Su padre era hijo de genoveses y tenía un salón de baile. Nicanor Sagasta recuerda, en sus memorias, a Santiago Filiberti (a) Mascarilla. En La Boca, tierra de inmigrantes, muchos de ellos eran hombres solitarios y constituían un óptimo mercado para la industria de la prostitución. Menudeaban allí los cafetines y en ellos transcurrieron muchas horas de la adolescencia de Filiberto (que todavía se firmaba Filiberti), entre gente mayor, que le contaría cosas. Su testimonio sobre los orígenes del tango en La Boca es, pues, de segunda mano, pero no desdeñable.

    Y bien, Filiberto asegura que en 1875 se tocaban tangos en las casas de familia y que en 1877 se tocaba el tango en los bailes públicos, junto a la zamba, el pericón, el gato, la polca, el shotis, el vals, la mazurca, los lanceros. . . Creo, con perdón de Filiberto, que 1877 era un poco pronto para que el tango se bailara en las casas de familia. Por entonces el tango comenzaría, quizás, a formarse en las academias. Algún muchacho divertido se habrá animado, a lo mejor, a firuletear algunos cortes en el patio de un conventillo, pero de eso a que se bailara en las casas de familia hay mucha distancia. Dice también Filiberto que en las academias tocaban trios de flauta, clarinete y guitarra. Eso no se discute; pero ¿en qué academias? En la de Zani, en Suárez y Necochea; en la de Tancredi, en Necochea, entre Brandsen y Suárez; en la de Nani, por allí a la vuelta.. . Por esos años hay otros lugares en la calle Corrientes, donde también tanguean, junto a los compadritos, los italianos recién desembarcados. En esos lugares van creciendo dos chiquilines inseparables, el tango y el lunfardo; pero ésa es otra historia, una linda historia.

    En 1925, cuando Cobián está en Estados Unidos, cuando Canaro parte hacia París, cuando De Caro tañe, en el Ciro's su famoso violín corneta, Filiberto no es todavía el autor de Caminito, ni de Clavel del aire, ni de Malevaje, ni de Cuando llora la milonga. Pero es, en cambio, el prototipo del músico de las orillas, del arrabal, donde se deja sentir el viento de la pampa. Ya ha escrito El pañuelito, que cifra el romanticismo del chiruserío; ya compuso también La vuelta de Rocha. Ese año, 1925, registra cuatro composiciones: el vals María, el shimmy Gran Buda, el tango-canción Langosta y el tango estilo Amigazo. Hace cinco años que ha compuesto su obra maestra, Quejas de bandoneón.

    Para Filiberto el tango era cosa de las orillas; es decir, de los barrios. Las orillas eran el límite de la ciudad con el campo y Filiberto dividió su corazón entre el campo y la ciudad. Ya se sabe que su primer tango se llamó Guaymallén. Es de 1915. "El indio - explicó Filiberto, nieto de gringos inmigrantes - nada tiene que ver con el tango; pero yo quería que mi primera pieza musical llevara un nombre autóctono. Con eso quería significar el carácter nativista del nuevo músico argentino que nacía." De ahí en más, muchas de sus composiciones resultan más agrestes que urbanas. Supongo que si escribió como tangos El pañuelito, El ramito o Caminito fue porque vivía espiritualmente sobre esa frontera muy delgada, muy sutil, muy resbaladiza, que separa al compadraje de alpargata bordada del malevaje de taquito militar. De todos modos, el tango campero, que generalmente asume una retórica sanguinolenta - Mandria, A la luz del candil tiene otro tono en Filiberto; un tono nostálgico, algo clorótico.

    Quejas de bandoneón es, sin duda, la obra maestra de Filiberto. Es el sexto de sus tangos, la séptima de sus composiciones y la segunda que firma con el apellido Filiberto. Guaymallén, Cura segura (1915), De mi tierra (1916), Suelo argentino ( 1916), Se recomienda solo ( 1917), están firmados "Juan de Dios Filiberti". En 1920, cuando ya ha cumplido los 35 años, Filiberto registra Quejas de bandoneón. Es la atmósfera campera, sin embargo, la que impregna la mayor parte de la obra filibertiana. El clima del suburbio - en el sentido porteño que tiene esta palabra: suburbio es cafetín, gente de traza ambigua, pasiones, cuchillos y una murga tanguera entristeciendo la noche - aparece apenas en Quejas de bandoneón, La vengadora, Langosta, Yo te bendigo, Ladrillo, Cuando llora la milonga, Malevaje y quizá en alguna otra página. Si no fuera por Quejas de bandoneón, que muestra una profunda raíz suburbana, uno diría que Filiberto no es un tanguista, que es un músico que ha escrito tangos. ¿Y Malevaje? Sí, Malevaje. Pero, ¿cuánto de suburbio puso allí Filiberto y cuánto Discépolo?

    Hablemos también de Caminito. ¿Cómo no hacerlo? Hay en el país dos calles llamadas Caminito. Una de ellas está en La Boca. Es una cuadra curva y decorada, que se extiende desde Lamadrid y Garibaldi hasta Pedro de Mendoza. La otra está en Chilecito, en La Rioja. Se enrosca como un signo de interrogación entre Leovino Martínez y Libertad. Las dos recuerdan el mismo tango; pero una, la boquense, oficializada bajo el gobierno del doctor Frondizi y durante la intendencia del señor Giralt, honra al músico Filiberto; la otra, oficializada bajo el efímero gobierno del general Levingston, honra al poeta Gabino Coria Peñaloza, que vivía en Chilecito desde 1927 y murió allí a los 96 años.

    No sé si Coria Peñaloza escribió, finalmente, el libro en el que se proponía explicar que el verdadero caminito de sus versos estuvo en Olta, en el límite de La Rioja y San Luis; la Olta donde el mayor Irrazábal mató de un lanzazo a Vicente Peñaloza, el Chacho. Porque, por supuesto, el caminito que inspiró al poeta, no estaba en La Boca. ¿Cómo quiere que hubiera allí cardos y juncos en flor?, arguía Coria.
Al parecer, Filiberto y Coria, que en 1920 habían compuesto El pañuelito; en 1921, La cartita; en 1923, El ramito; en 1924, La tacuarita y El besito, hacia 1925 compusieron Caminito. Finalmente lo presentaron a un concurso de canciones, abierto por la Asistencia Pública, en las instalaciones de la Sociedad Rural, Esto ocurrió en 1926. Obtuvo el primer premio pero el público lo silbó. De todos modos, Canaro creyó en ese tango - tal vez porque es un tango marcial, como algunos de Canaro - y lo grabó. También Gardel - ¿cuando no? - lo estudió y lo grabó. Pero el tango no entraba.. . El 5 de mayo de 1927 Alberto Novión estrenó, en el teatro Cómico, su sainete k'acha Tosta. En ese sainete Ignacio Corsini cantó Caminito y obtuvo un éxito clamoroso. Gardel - espíritu generoso - autorizó entonces a Corsini, a quien quería mucho, a grabar Caminito, del que él tenía la exclusividad.

    Cuando impusieron el nombre Caminito a la calle de Chilecito, Florindo Sassone, que ya había estado en el Japón, dijo que una orquesta que no toca La cumparsita y Caminito no es considerada por los japoneses una orquesta de tango. Con lo que se demuestra que entre las muchas cosas que puede ser el tango debe incluirse la música marcial.

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Fresedo, Osvaldo

    Pudo haber sido Ricardo Güiraldes quien llevó a Fresedo a lo de los Ocampo. Lo venía siguiendo desde su debut, en julio de 1916, en el cabaret Montmartre, de Corrientes 1436. Para entonces Güiraldes tenía 30 años. Se había casado a los 27. Si le gustaba a Güiraldes ha de haber sido porque El Pibe de La Paternal - nacido el 5 de mayo de 1897 en una casa de Lavalle al 1606; en La Paternal no arraigó sino en 1910 - había comenzado a tocar al gusto de la élite antes de aparearse a Cobián, en 1917. La élite había bailado el tango en las academias, lo había transplantado a sus garçonieres, de éstas lo había llevado a París y allá lo había visto ennoblecerse en las caderas de las princesas. Tal vez - cabe pensar - había entonces un modo de tocar el tango independiente del estilo musical; un modo culto, fino, con el que no siempre podrían acertar los modestos musicantes nacidos en los conventillos y criados entre malandras y milongueras; tal vez Osvaldo Fresedo tipifique ese modo.

    Fresedo fue músico de conservatorio, aunque de conservatorio de barrio. Supongo que entonces no habría para los tanguistas otra posibilidad de conservatorio que la compartida con las niñas que estudiaban piano, no para ser concertistas, sino para tañerlo en las pequeñas reuniones familiares. Luego, antes de que los tanguistas ampliaran conocimientos con Ginastera ( Piazzolla), con Scaramuzza (Salgán), o con Julián Bautista (Stampone), otros (Piana) ya lo habían hecho con Ernesto Drangosch, un músico calvo y adusto, brillante concertista de piano, que murió tremendamente joven. Fresedo fue de aquellos tanguistas a quien natura debió darles no sólo lo que suele dar sino también lo que podría esperarse de Salamanca. Debió de haber sido buen ejecutante de bandoneón- aunque, como Canaro y D'Arienzo el violín;como Firpo y Lomuto el piano, en cuanto pudo lo cambió por la batuta - , puesto que se lo llevaron a Estados Unidos, con Delfino y Rocatagliatta, que eran dos virtuosos, a grabar para la Víctor, siendo los tres bastante jóvenes todavía. Pero no conquistó con su instrumento la fama de Arolas (a cuya escuela se lo adscribe), que tampoco era un Paderewski del fuelle. De sus composiciones, que han sido muchas, y algunas tan finas como Sollozos (1922) y Vida mía (1934), ninguna alcanza la calidad musical de Flores negras o La casita de mis viejos. Su nombre está ligado, sin embargo, a lo que Sierra llama una lujosa forma de tango., Ese adjetivo, lujosa, está tan bien puesto allí como los adjetivos que pone Borges. Lujosa, tal vez, por los recursos técnicos, por los pequeños artilugios destinados a atrapar oídos no rutinarios; pero sobre todo lujosa por el sonido, por la masa sonora que Fresedo ha sabido crear siempre con los limitados instrumentos que componen las típicas. Por supuesto, agregó a veces timbres inusuales - el arpa, la percusión, el vibrafón - . Sin embargo, otros directores hicieron aportaciones de parecido linaje y más que sonoridad llevaron a sus orquestas ingenuidad.

    Fresedo no hizo un nuevo tango, ni se puede decir, en términos generales, que haya tratado de enriquecer musicalmente esa creación empírica del compadrito. Mantuvo la bailabilidad en grado extremo; mantuvo las formas tradicionales, pero le dio un sonido nuevo, un sonido a orquesta que el tango no conocía antes. Ninguna orquesta de tango ha sonado nunca tan orquesta como la de Fresedo. Quizá corresponda al autor de El espiante el título de mejor director de típicas de todos los tiempos.

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